Me hace mucha gracia como mi ratita presumida imita algunas de las cosas que hago yo.
A primeros de junio fuimos a un bautizo, y yo llevaba un chal. Desde entonces estuvo varios días paseándose a modo de chal con una cortina, un retal de tela, algunas de mis bufandas, un mantel, una camiseta...
Tiene fascinación por un cepillo y un recogedor que tengo para barrer debajo de su trona, y a pesar de que le regalaron un mini cubo con su escoba y su fregona de juguete (que le gustan mucho) sus favoritos siguen siendo el cepillito y el recogedor.
Desde hace unas semanas, cada vez que me ve cocinar me pide colo (brazos) para ir viendo el paso a paso, sobre todo cuando implica ver los hornillos. Le encanta ver como voy echando uno a uno todos los ingredientes y removiendo!
Le gusta mucho peinarse y peinarme a mí también, ahora desde hace unos días tiene fascinación por todo lo que acontece en la taza del WC y se mea cuando tiro de la cadena y escucha atentamente si hago pis ;) y me va tendiendo trocitos de papel higiénico.
Y bueno, ya si me da la tos se parte de risa, y enseguida se pone a hacerme burla, si es que es una payaseta!
jueves, 30 de junio de 2011
lunes, 27 de junio de 2011
mis pasajes preferidos (I)
"Cuando éramos niños, casi todos hemos escrito una redacción escolar titulada "El día más feliz de mi vida". En los colegios religiosos, el éxito estaba asegurado si relatabas tu primera comunión. Otros preferían recordar el regalo más grande y más costoso que les habían puesto los Reyes, el viaje a un país lejano, la visita al parque de atracciones...
El pasar de los años cambia nuestra perspectiva, los objetos se desdibujan y las personas alcanzan entonces una estatura insospechada. La sonrisa de nuestra madre, el abrazo de nuestro padre, la mano de un amigo, una palabra de aliento, gratitud o perdón... Haga memoria, amigo lector. ¿Cuáles fueron los días más felices de su infancia?
Manuel explica así uno de esos recuerdos imborrables:
Debía de tener seis o siete años cuando, corriendo a oscuras por la casa, choqué con un puerta de cristal que siempre había estado abierta. Quedó hecha añicos a mis pies. Me pegué un susto de muerte y me hice un pequeño corte en la frente. Pero no notaba ningún dolor; el miedo al castigo me paralizaba. Mi padre vino corriendo, me sacó de entre los vidrios rotos, me curó la herida, me miró de arriba a abajo. Pero no me riñó. Al principio temblaba, esperando a cada momento escuchar unos gritos tremendos. Luego pensé que se había olvidado de reñirme e incluso intenté pasar desapercibido. Pero al final el asombro y la curiosidad pudieron más y le pregunté aún lloroso: "¿No estás enfadado porque he roto la puerta?". "No", contestó, "la puerta no importa, lo único que me importa es que no te hayas hecho daño2. Ahora comprendo que todos los padres damos más valor a nuestros hijos que a nada en el mundo. Pero raramente se lo decimos a nuestros hijos. Estoy muy agradecido a mi padre por habérmelo dicho.
Ésta es la historia de Encarna:
Uno de los días más felices que puedo recordar tuvo, en realidad, un mal comienzo. Tuve una pesadilla espantosa. Nada de monstruos ni hombres del saco; soñé con una ostra. Una ostra enorme que sacaba a una perla, también enorme, de su concha y no la dejaba volver a entrar. La pobre perla expulsada me dio una pena enorme. Me desperté chillando, auténticamente aterrorizada. Yo debía de tener unos cinco años y dormía en una camita en la habitación de mis padres, que se despertaron, naturalmente asustados con mis gritos. Mi madre me invitó a dormir en su cama. Todos mis temores desaparecieron como por arte de magia, me sentía enormemente feliz y segura. Nunca volví a tener un mal sueño. Supe que siempre tendría un refugio, que siempre me protegería alguien.
Yo, por mi parte, recuerdo una tarde, creo que era domingo, cuando tenía unos doce años. Vagaba aburrido por la casa. Mi madre me atrapó y me dijo: "Ven, siéntate aquí, en mis rodillas, como cuando eras pequeño". Imagino que debí de morirme de vergüenza, pero no logro recordar esa vergüenza. Recuerdo, en cambio, que empezó a cantar muy suavemente:
Arroró, mi niño chico,
que viene el coco y se lleva...
Apoyé mi cabeza en su seno y me invadió una paz infinita. Casi me quedo dormido. Era como volver a tener dos años.
La mayoría de la gente no recuerda nada de su primera infancia. Yo sé lo que siente un bebé en brazos de su madre porque tuve el enorme privilegio de volver a ser un bebé durante media hora, a los doce años.
Todas estas historias tienen algo en común. Los días más felices de nuestra infancia son aquellos en que nuestros padres (o nuestros abuelos, hermanos o amigos) nos hicieron felices. Incluso cuando nos parece que nos hizo feliz un tren eléctrico, si miramos mejor siempre hay personas detrás: los padres que nos lo entregaron con una sonrisa o con un elogio, el hermano con el que compartimos (no siempre de buen grado) el tren...
Éramos hijos y ahora somos padres. Han pasado tantos años, pero tan poco tiempo, que a veces nos sorprendemos con los papeles cambiados. De pronto vemos nuestra propia infancia y a nuestros propios padres con una nueva luz. Miramos a nuestros hijos y nos preguntamos qué día, qué frase, qué aventura quedarán grabadas en su memoria para siempre, qué dolores quedarán clavados en su alma y qué alegrías guardará como un tesoro.
Los días más felices de su hijo están por venir. Dependen de usted."
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domingo, 26 de junio de 2011
termina el cursillo de natación
Ayer era el último día que íbamos al cursillo de piscina, y me apetece hacer un balance de cómo nos ha ido. Aquí los peques tienen que tener 6 meses cumplidos para empezar, y nosotros casualmente cumplíamos los 6 meses el día que empezaban las matrículas. Para mí era muy importante llevarla a la piscina desde pequeña, no ya para que se convierta en ninguna nadadora de campeonato, sino porque yo aprendí a nadar muy mayor y sigo teniendo respeto al mar, así que quería que ella le perdiera al miedo y fuera capaz de defenderse en el agua.
Desde el primer día de cursillo, la pitufa ha aceptado muy bien el medio acuático, y la monitora nos pronosticaba que haríamos grandes progresos muy rápido. Con el paso de los días, quiso ir haciendo ejercicios que implicaban que ella cogiera a la pitufa y la separara de mis brazos, y al ponerse a llorar como una loca empezó a decir que si estaba muy enmadrada, que a este paso no me la sacaría de encima ni para cuando hiciera la comunión, etc. Yo no entraba en su juego y me limitaba a decirle que bueno, que yo estaba encantada que me tuviera tanto apego (y es que eso de enmadrada tiene connotaciones negativas, y para mí es todo lo contrario). Poco después vino el típico comentario de: Uy, mira como muerde los juguetes, eso es que está con los dientes... y ahí también la dejé en su error, así al menos tenía una excusa inocente para que la dejaran tranquila experimentar con el agua.
Finalmente aceptó que quizá es que las dos éramos "raras" y queríamos simplemente estar a nuestro aire en el agua, y se limitó a indicarme como ayudar a mi hija a que se fuera soltando poco a poco. Sinceramente, aunque al principio tuvo algún comentario fuera de lugar, como decirme que claro, si no la llevaba a la guarde a ver cómo haríamos, que estaba muy consentida... al menos fue una persona capaz de ver que no llegaría a nada por esos derroteros y se acomodó bien en el papel de monitora que sin meterse en nuestras vidas, nos fuera ayudando a que la pitufa se fuera soltando poco a poco, a su ritmo.
Hacia la mitad del cursillo más o menos, se dio cuenta de que si respetábamos sus tiempos, la pitufa demostraba adaptarse muy bien, habida cuenta además de que fue la niña que menos faltó (sólo faltamos 2-3 sábados en todo el curso, mientras que hubo niños que veías sólo 1 vez cada 5 semanas). Ahora al final del cursillo se acabó de soltar del todo y ya va nadando a mi lado. Tendríais que verla, con sus corchos y recorriendo la piscina entera, se lo pasa pipa! Esperemos que la playa también le guste tanto como le ha gustado la piscina, y siempre respetando lo que ella decida en cada momento (me ha salido un poco friolera así que incluso con lycra y todo nos salimos muchas veces antes de la media hora de curso) seguro que todo va bien.
Desde el primer día de cursillo, la pitufa ha aceptado muy bien el medio acuático, y la monitora nos pronosticaba que haríamos grandes progresos muy rápido. Con el paso de los días, quiso ir haciendo ejercicios que implicaban que ella cogiera a la pitufa y la separara de mis brazos, y al ponerse a llorar como una loca empezó a decir que si estaba muy enmadrada, que a este paso no me la sacaría de encima ni para cuando hiciera la comunión, etc. Yo no entraba en su juego y me limitaba a decirle que bueno, que yo estaba encantada que me tuviera tanto apego (y es que eso de enmadrada tiene connotaciones negativas, y para mí es todo lo contrario). Poco después vino el típico comentario de: Uy, mira como muerde los juguetes, eso es que está con los dientes... y ahí también la dejé en su error, así al menos tenía una excusa inocente para que la dejaran tranquila experimentar con el agua.
Finalmente aceptó que quizá es que las dos éramos "raras" y queríamos simplemente estar a nuestro aire en el agua, y se limitó a indicarme como ayudar a mi hija a que se fuera soltando poco a poco. Sinceramente, aunque al principio tuvo algún comentario fuera de lugar, como decirme que claro, si no la llevaba a la guarde a ver cómo haríamos, que estaba muy consentida... al menos fue una persona capaz de ver que no llegaría a nada por esos derroteros y se acomodó bien en el papel de monitora que sin meterse en nuestras vidas, nos fuera ayudando a que la pitufa se fuera soltando poco a poco, a su ritmo.
Hacia la mitad del cursillo más o menos, se dio cuenta de que si respetábamos sus tiempos, la pitufa demostraba adaptarse muy bien, habida cuenta además de que fue la niña que menos faltó (sólo faltamos 2-3 sábados en todo el curso, mientras que hubo niños que veías sólo 1 vez cada 5 semanas). Ahora al final del cursillo se acabó de soltar del todo y ya va nadando a mi lado. Tendríais que verla, con sus corchos y recorriendo la piscina entera, se lo pasa pipa! Esperemos que la playa también le guste tanto como le ha gustado la piscina, y siempre respetando lo que ella decida en cada momento (me ha salido un poco friolera así que incluso con lycra y todo nos salimos muchas veces antes de la media hora de curso) seguro que todo va bien.
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